La “Modesta proposición” de Jonathan Swift revive entre mis nocturnas conclusiones contradictorias: la sátira. Un género literario que en nuestro precipitado análisis,
-¿por qué se escribe lo que se escribe?-, que tenemos los que nos anima la lectura, me deja divagando más allá del contenido para ahondar en el germen filosófico que origina al género del texto y sus ramificaciones en el lenguaje.
Esta sátira de Swift, por ser presentada como tal, no tengo como contradecirla o crear punto lejano o cercano de opinión. A mí parecer la propia naturaleza del género anula todo comentario crítico, escandaliza, si no la entiendes; te hace reír si no la tomas en serio; te pone a analizar el problema si eres consciente del contexto y esencia del texto; en fin, cumple su propósito.
Lo que puedo aportar es un susurro incómodo desde una posición entre el uso de la filosofía y la deducción consciente.
Me gusta enterarme por cualquier medio de comunicación de un discurso, de un chiste, de un stand up, de una afirmación, un comentario, un sketch, una entrevista, entre otros para ver cómo justificarán su mensaje: como humor negro, de broma, con licencia profesional, de experiencia, cómico, creativo, y bueno, ver como casi nadie se ánima a tomar en serio sus palabras y utilizan algún filtro discursivo para poder ponerle freno a su diálogo, no soportan la crítica o su mensaje es muy vacío u ofende.
Nuestra mente no se habla a sí misma con técnicas narrativas o entra cada y cuando en bloques cambiando de géneros literarios, brotan de nuestra cabeza, respuestas inmediatas a nuestros apetitos y a nuestros sentidos, juzgamos en cuanto vemos, así como es inevitable no saborear un alimento cuando lo tienes en la boca, ¿y que quiero decir? Considero que nos atemorizan demasiado nuestras interpretaciones de lo que percibimos y tratamos de sentirnos mejor inventándonos justificaciones por medio del lenguaje en modo de ambientes ficcionales, considerándose hasta donde le permite el público al que comunica cualquier cosa ser un personaje, por consiguiente hacer de sus afirmaciones una ficción.
Y estableciendo eso, pienso en la mente de Swift, recibiendo información del problema de su ciudad, así como viéndolo directamente, y veo brotar de su mente una solución lógica antes de ser digerida por su determinación moral (que desconozco): vendemos a los niños que no podemos criar, para que se los coman los que los pueden pagar y ganen algo de dinero los que no los pueden sustentar. ¿Estoy acusando al escritor de loco insensible? No digo que su mente como la mía o la tuya está pegada a las mismas bases salvajes, tampoco estoy diciendo que lo haya pensado de verdad, me refiero a que él observó su presente, tales circunstancias probablemente lo agitaron para llegar a esa conclusión, por tanto él debía debía comunicarla y para ello había que seleccionar el modo indicado, como cuando por nerviosismo te ríes.
Considero que todos estos géneros nacen a partir de una necesidad psicológica de la autopreservación de nuestra cordura. Sócrates llamaba a los poetas mentirosos y que no servían en la sociedad ideal, pero es que en la palabra se conserva el arte mayor, porque es el que abarca más que otro arte el concepto de humanidad, y conserva mejor su lado más bajo y más inspirador.
Quiero aclarar que estás deducciones no las hago escandalizado por lo que de Swift leí, no, las hago por un estrecho estado de conciencia; hay que decir también que tampoco será correcto que se me entienda que he dicho que no creo en la comedia, en el sarcasmo, la sátira u otras de esas artimañas de la palabra, es más como un rebuscamiento de entre las raíces de nuestra percepción sin el toque moralista que maquilla toda nuestro entender de la realidad.
Esto me lleva a la conclusión de que hay por ahí por las grandes ligas del mundo artístico, de los pequeños y masivos campos de información un montón de cobardes lanzando mordaces afirmaciones o sacando sus más desviados complejos en diverso contenido para entretener.