Espacios en los que no se vive, pero sí se habita.

¿Te has preguntado qué tan habitable es tu ciudad, no solo para ti, para todas las personas? Cuando vas a un espacio público, ¿se puede disfrutar? Es decir, ¿la gente puede sentarse, convivir en él sin necesidad de comprar algo para estar ahí? ¿El lugar está limpio, cuidado, te parece seguro o da esa sensación?

Hay ciudades que se construyen pensando no en sus ciudadanos, al menos no en los más vulnerables, sino en la ganancia que se puede obtener de los espacios. Aquí se ve al terreno como un bien, no como un fin, su valor radica en las ganancias y no en los usos, se prioriza lo privado sobre lo público.

Ejemplos de estas situaciones son las casas diminutas, ridículamente caras. La ausencia de parques y jardines, en su lugar se ponen plazas y centros comerciales. En esta lógica es más redituable un gran terreno que un montón de casas pequeñas, además en un parque no se venden tantas cosas como en un centro comercial.

Estos ejemplos de hostilidad hablan de un diseño centrado en lo económico como fin de los espacios. Aquí los ciudadanos solo cumplen el rol de consumidores, todo se les puede vender, deja de ser un derecho el estar ahí, vivir en la ciudad, para convertirse en un servició que pagar.

Fraccionamientos privados con seguridad y plusvalía, rodeados de muros que no dan seguridad sino aislamiento. Calles vacías, donde no habita ni camina nadie. Precios altos, estilos de vida que muy pocos pueden pagar y sobre todo mantener.

Existen otras formas de hostilidad. En el caso de la arquitectura se habla del diseño hostil de los espacios públicos. Veámoslo así, paradas de autobús con divisiones en los asientos, para evitar que la gente se pueda acostar, jardineras en los parques con puntas afinadas para evitar sentarse, edificios lisos que impiden descansar.

Este tipo de diseños tiene como objetivo principal evitar que las personas indigentes se acerquen a ellos, descansen y los usen para dormir, ya que eso daría una imagen negativa del sitio, bajando su valor, y la gente que compra ya no iría ahí a gastar su dinero.

Nuestras ciudades han adaptado esta hostilidad hacia sus habitantes, en una historia que se repite son los más pobres y vulnerables, los que sufren las consecuencias. Este diseño de espacios públicos, la ausencia de ellos, impide una coexistencia entre los habitantes, marcando mucha desigualdad económica, segrega las poblaciones y eleva la inseguridad.

No resuelve un problema, agrava y vende soluciones en forma de servicios que hay que pagar. Ninguna ciudad se hizo más segura por crear fraccionamiento privados, no deja de haber pobreza al evitar que los vagabundos duerman en los parques.

Detrás está la ganancia económica, en los ejemplos de arriba se habla de dos extremos, los ricos y los pobres, aunque esta situación afecta también a la clase media que ven como su ciudad se encarece y como los servicios fallan dependiendo la colonia en que se vive. El agua, la luz y el drenaje se convierten en un bien, esa inseguridad que no entra en los muros de los fraccionamientos, se extiende al resto de las colonias, por fuera solo hay calles vacías, descuidadas.

La solución está en los espacios públicos que dan identidad, que permiten conectar desde el arte, los deportes o la simple convivencia. Las ciudades deben y tienen que ser para todos sus habitantes, todos somos dignos de vivir en ellas, de tener condiciones favorables para habitarlas. En palabras de lisa Simpson “se juzgará a una sociedad por cómo trata a sus miembros más débiles”. Pensémoslo así, si hoy apoyamos la modificación de este sistema, cuando lo necesitemos, el sistema nos apoyará a nosotros.




Actualidad

Ciudades Hostiles

03/003/2025 /Kepchus/ Actualidad

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