Mi sala

“En la música suena: Cielos que lloran"

06 OCT 2025/Noctalyth Erelim / Mi sala

Ahondando en las historias estremecedoras, aquellas que se esconden detrás de las metáforas y rimas de un poema, detrás de los armónicos que sueltan las guitarras y se escapan de las voces… Las mismas que reaccionan con el público, generan memorias nuevas individualmente propias y únicas, se puede decir que cuando esto sucede es porque se ha tocado el corazón, ha dejado una huella.

Recuerda la canción, esa que te sigue estremeciendo el corazón y te eriza la piel cada vez que la escuchas, ¿has pensado qué se esconde detrás de esa historia? Claro que es complejo saber cuál es la correcta, a menos que el autor lo explique, pero el hecho de imaginarla es lo que lo hace todavía más especial, porque seguramente te has sentido el protagonista de esa historia, por eso dices: “Es mi canción”.

Sin dudas, el mito de Ícaro es una de las metáforas más comunes para representar aquellos tropiezos que experimentamos, el hecho de que seamos seres terrenales, y la pasión que invade nuestro ser, genera curiosidad y deseo de remontar el cielo como las aves, a su vez que esto también puede ser representado como un símbolo de libertad y aventura.

No obstante, el mismo hecho de que seamos terrenales conlleva una inminente consecuencia: la caída, que puede percibirse como el fracaso o el dolor o el dolor del fracaso. No fuimos hechos para volar, sin embargo, solo los valientes se arriesgan a seguir su corazón, e intentar surcar el cielo.

Bien puedo decir que Cielos que lloran lleva en su esencia implícita esta idea, representando los sentimientos de haber subido al cielo, como lo hicieron Dédalo e Ícaro, comenzando con una profunda declaración, seguidas de una contundente consecuencia dolorosa: “Te vi volar sobre cielos que te lloran siempre, te vi caer, no te ensañaron que el sol destruye alas.”1

Entiendo un poco de la euforia que probablemente se experimenta, el éxtasis de la pasión que hace arder el corazón, una sensación ardiente en el pecho que acelera los latidos, dilata las pupilas y eriza la piel, aunque en ese momento dejamos atrás la conciencia de las consecuencias, he pensado que o nos volvemos adictos o mostramos nuestro egoísmo natural y simplemente queremos más.

Soy de los que incentivan la persecución del deseo propio, la búsqueda del éxito con uno mismo, porque todos queremos tener éxito pero nadie queremos fracasar, en Misala tengo cuadros colgados con radiografías de las veces que me he roto las alas, las fracturas y huesos fuera de lugar que conseguí fracasando en perseguir un sueño que no era mío.

Los versos otorgan refugio para aquellos que quedaron con heridas en el alma como Dédalo al perder a Ícaro, sangre de su sangre, con herramientas hechas con sus propias manos, producto de su ingenio. Es normal sentirse culpable, aunque este espacio sirve como templo, para todo aquél que busque refugio, colgar sus alas el tiempo que quiera: “Mi vida deja de llorar, descansa aquí tranquila duerme, no sé si pueda despejar el cielo que te llora ya.”2

Tal vez la juventud es como una espada, afilada por ambos lados que puede volverse en contra de uno mismo, dado que experiencia y sabiduría es lo que se requiere para dejar de fracasar, irónicamente solo se consigue fracasando, es algo inevitable e inexorable, igual que el paso del tiempo.

Como Dédalo le aconsejó a Ícaro: “No vueles demasiado bajo, la espuma del mar mojará tus plumas, pesarán más y caerás, tampoco vueles demasiado alto, el sol derretirá la cera y perderás tus alas, mantente cerca de mi y estarás bien.”3 Cielos que lloran expresa: “Abrázame, es tan difícil que el cielo quiera volverte a ver. Ven siéntate te explicaré como será tu vida aquí”.4

Dédalo era sabio, contaba con gran inteligencia y experiencia que le hacían ser plenamente consciente de los riesgos que implicaba volar con alas de plumas, hilo y cera. Por otro lado, Ícaro era joven y le faltaba aquello de lo que su padre rebosaba. El instinto juvenil de las pasiones, experiencias intensas y deseo vivas de dejarse llevar por éstas emociones provocaron su deceso.

Darle un consuelo a un ser lastimado es una de las más apasionantes y hermosas cualidades de la humanidad, ofrecer consuelo en momentos difíciles otorga firmeza a los lazos interpersonales, lo que profundiza en el vínculo, aunque si bien, no ofrece una solución, tampoco es necesaria.

Los tiempos difíciles generan necesidad y la necesidad genera hambre, los valores, creencias y el espíritu de cada persona es la que genera un movimiento para satisfacer esa hambre, para algunos es suficiente con llenar el estómago mientras se tiene hambre. Hay algunos más que aunque tengan hambre van por más, ya sea para compartir o para almacenar y satisfacer esa hambre sin volver a la necesidad inicial.

Al final no basta con llenar el estómago, es necesario ser ambiciosos, pero no egoístas. Hay que llenar el espíritu, aunque sea incierto, aunque no sepamos cómo. Caernos las veces que sean necesarias y aunque las alas estén rotas, todavía tienes los brazos y las piernas.

Si estás en el mar avanza nadando. Si estás en el suelo, corre, si no puedes camina, si no puedes gatea, sea como sea, pero avanza. Llénate de ambición y no le temas a caer.




1Cesár Cossio Ortega, 2007, ¨Cielos que lloran¨, en Una vida no es suficiente, producido por: Movi Records

2Ibid

3 Ovidio, El mito de Dédalo e Ícaro, edicion web por: W.J Benneth

4 Op, cit: Cielos que lloran

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