
05 SEP 2025/ Juxx/ Cuentos para leer de noche
Cuentos para leer de noche

Cuento
En la noche
Daniel Guadalupe Sánchez Hernández
El hombre de treinta años había subido a la planta más alta de la casa. Era de noche y él, virtuoso en valentía, de pensamiento frío, no se inquietaba por nada, en aquella postal oscura con estrellas, sabía que algo andaba mal. Aun así, tenía que salir de su morada para ver que ocasionaba aquel escándalo, se aventuró, peldaño tras peldaño, con miedo en sus piernas y los ojos entre cerrados por el sueño que no se había ido por completo. Sudor en la mano izquierda, en la derecha apretaba con todas sus fuerzas el arma más mortal que encontró, aunque de hecho no atemorizaba para nada la escoba que guardaba debajo de las escaleras. Subía lento, de puntillas para no hacer ruido. Las luces apagadas y el corazón latía deprisa. Tres peldaños antes de llegar, solo un par de escalones y estaría a la entrada que daba con la tarraza de su tercer piso, un pensamiento latente de volver a la cama y el miedo se apoderaba poco a poco de él, ahora temblaba para quitar el seguro de la puerta o quizá era el frío, de repente, el metal gélido que protegía su entrada se abría de golpe, azotó después de ser aventada pues estaba atorada por el desuso que tenía. Del lado izquierdo de la terraza solo había aire helado que incitaba la calidez de sus cobijas, del otro lado solo estaba la oscura noche. Del ruido nada se sabía, lo único que parecía raro era el suelo que estaba mojado, pero eso era ocasionado por una fuga en su depósito de agua que días antes se había presentado. Aquel hombre sin ninguna respuesta decidió volver a su cálida guarida. El sueño se había alejado de su cama, fue entonces que los sonidos de antes regresaban con más claridad, con el suficiente coraje y cansancio el hombre decidió subir de nuevo a su tejado, sin el menor temor abrió la puerta de una manera estrepitosa, sin embargo, no observa nada claro, con su paciencia desbordándose por no poder dormir, llegó a la conclusión apresurada de que el ruido podía ser ocasionado por las láminas que hacían una especie de sombra para su depósito de agua durante las tardes, después de subir al cimiento donde descansaba su gigantesco recipiente de agua gélida y acomodar perfectamente las láminas, el hombre en un movimiento brusco, pisó la orilla que se encontraba mojada y resbaló de la base en la cual estaba parado, cayendo así desde su tercer piso hasta el suelo por el cual pasaban los coches. Ese fue el momento perfecto para el hombre de treinta años que se las había ingeniado para escalar esa casa horas atrás. Al fin pudo salir de su escondite en el que esperaba el momento oportuno para ultrajar las pertenencias de la casa del sujeto que yacía tirado en la acera
GANIMEDES
Miguel Rivera Espenaes
Si se atribuye certeza a las palabras de los filósofos, existen fuerzas etéreas más allá de las ponderables que rigen el diseño del universo; se sabe por qué tienden las llamas al cielo y los pesos a la tierra, más sobre el terreno del deseo ninguna ciencia ha levantado todavía el velo de la incógnita. Tan impreciso enigma no puede sondearse con la brújula de la razón, pues sucede que el más frenético arrebato pasional deja esta cualidad de lado. Siendo su naturaleza tan voluble como el pensamiento, es obvio que a la razón escape.
Describirlo es tarea imposible, las palabras fallan para darle forma, tampoco usa el método que traduce a numeros la realidad; incluso es posible que deteste las aproximaciones lógicas, que cuando los instrumentos empíricos intentan tocarlo finge acogerlos en sus manos solo para luego destruirlos. No existe medio que logre entender su esencia, pretender formulas despierta su furia. Para su correcta comprensión hay que entrar sin posturas, fundamentos o teorías en el vergel de la sensibilidad. Si no, ¿qué volumen puede darse al dolor abstracto? ¿Cómo saber el peso del deseo si nunca se ha tomado en manos? Y de tenerlo, ¿no se escurriría diluido en sombras?
Quisiera plasmar pensamientos en forma idónea, ajenos al cuerpo falso que aquí adquieren, mas en la confusión de pasiones excitadas, donde incoherentes chocan unos con otros, temo que pasen por el mundo como torpes sinsentidos.
¿Has visto correr a los cometas que de sesgo miran nuestra esfera? Desaparecen en la distancia del horizonte y al cabo regresan, hacen gala de su destello mientras beben las miradas que la tierra les ofrece. Como la órbita de aquellos, el deseo y movimiento van de la mano, peregrinando en la negrura del abismo.
¡Qué insufrible es la espera del placer! ¡Y qué objetivo tan engañoso! Su fruto esconde vastos dolores, el goce en un segundo es consumido y muerto.
¡Quién puede prolongar la mirada! Bastante desnuda se muestra el alma cuando te mira, a bastante peligro el pudor se expone en un segundo. Fantasía y angustia caben en ese instante, con que dichoso y triste, saluda y se despide la fuente de muchos suspiros.
Cualquier origen que se imponga sobre la fuerza que aviva el deseo se resume a esto: es innato de toda creatura amar la belleza.
Antes que los prodigios astronómicos se redujeran a modelos matemáticos y físicos, incluso antes de atribuirles valores divinos, los primeros humanos bebían asombrados la belleza de los portentos que miraban en el cielo; heredaron estas correspondencias visuales del mundo animal, que hasta hoy sigue contemplando con mismos ojos de adoración y asombro las obras del universo. A su vez los animales recibieron el elemento sensible del reino vegetal que ya admiraba la belleza del cosmos y la luz. ¿No es el proceso de fotosíntesis comparable con la postración de un fiel en el claustro? ¿La del enamorado ante lo sublime? ¿No reciben su alimento del cielo? ¿Cómo negar las herencias de aquellos reinos? ¿No se reparte la misma disposición armónica de facultades, extremidades y órganos en el cuerpo humano, de los animales y las flores? Mas, si las semejanzas físicas con otras formas no son suficientes, la confirmación de que se es cúmulo de sus correspondencias, es que se vive cautivo de la belleza.
Si el corazón se hincha con signos de belleza, ¿no prueba eso nuestra humanidad? ¿No demuestra la parte indivisible de la experiencia de toda la creación? Cada vez que se mira la aurora, el brezo en la cima del acantilado, o el halcón sobre la cumbre de la montaña, el ser se conmueve en un desfile de pasiones, materializando en cortos lapsos la eternidad donde se evaporan las preocupaciones.
Sir Isaac Newton postuló las mecánicas que los orbes ejercen unos sobre otros, y de la savia que se extrajo de sus trabajos continúa el canon midiendo el universo, sin embargo, ¿conocen los astros las leyes por las que se mueven? ¿Pueden comprender qué es “gravedad” y el por qué de sus colores? ¿Miran atrás y se preguntan el sentido del arco que han dejado? ¿Por qué es dado al paradigma de la razón, no más que un agente externo, ejercer monopolio sobre las formas externas? ¡Sobre los cuerpos que llevan más tiempo que el humano flotando en el cosmos! ¿Por qué se ha aceptado sin más, reemplazar la música con que danzan los planetas por matemática insípida?
Como se disculpa la vaga consciencia sobre la materia, las plantas, las bestias, el pensamiento y las pasiones, por consiguiente debe disculparse el vago retrato del ser que encierra todas sus atributos: el individuo.
¿Quién dispuso así la belleza colocandola tan cerca de los sentidos? La causa primera, sabiduría o fuerza divina, dejó regado su cuerpo como pepitas de oro por la tierra, y aunque brillantes como tizones de fuego, solo los filósofos, los teólogos y los artistas, cuyas almas contemplativas constantemente se unen al contacto del éter, reconocen los rastros de este maná que se prodigó por el mundo en un sinfín de formas. Uno de aquellos tizones ardientes resplandeció en el brezo de sus cabellos, uno más en el ópalo de sus ojos; el espíritu sensible a sus luces delicadas, leyó en ellas la esencia que le dio vida. Si le concedo este valor divino, ¿es la teología cierta? Si creo que fue así besado por el cielo, que su sustancia fue forjada en el horno del sol, ¿debo creer también que un carro de fuego se llevó a Elías y que el espíritu santo descendió en lenguas ígneas sobre los discípulos? Si el deseo constantemente vuelve a ti, ¿no quiso el cielo en ti reconocerse?
Tu rostro es entonces la fuente donde nacen y mueren todas las musas, y en las manos correctas tu belleza despierta el espíritu creador. ¡Que débil es el umbral donde se unen deseo y pensamiento! Es imposible desligar sus formas una vez que se han mezclado.
¿Cómo retratar este efecto? Menos impresión causa el trueno cuando sorpende las desprevenidas sombras, hieriendo el reposo de la noche. ¿Qué más da si conocerte fue fruto de la casualidad, de los hados, o si como creen los astrólogos los hilos plateados que unen las auras con los orbes finalmente enlazaron sus destinos? Si incluso los planetas de tiempo a tiempo se alinean en perfecta sincronía, y siendo el resplandor de tus cabellos castaños imán de todos estos pasos, ¿qué importa cuáles caminos se tomaran antes?
En esta cabeza gira un tropel de pensamientos confusos que como centro y gravedad tienen tu imagen, y tú ignorante andas sin mirar el corazón que rompes a cada paso.
Se dice iba Júpiter paseando un día sobre su patio de recreo que era el mundo, y uniendo su corazón al de los humanos padeció sus ardores. Incluso él, soberano entre los dioses, reconoció la belleza de Ganimedes, y no apenas había degustado el sabor de su deseo, como a quien apura la sed luego del primer sorbo de cerveza, ideó formas de agotarlo.
Tus atractivos sedujeron a Júpiter, ¿si eso hicieron con un dios, qué efecto no tendrían en un simple mortal? Tus iris animan los rescoldos entre las cenizas, encienden el horno que mezcla lujuria y virtud, amor y deseo.
¡Quién como Júpiter para disponer de palacios en los cielos, ostentar la majestad del águila y elevarse al cielo; dominar sobre cualquier parte del orbe y demandar obedencia a los elementos.
Lejano eres una vena de abundante arte, de la que sobran formas de cantar tu belleza. Mayor aún, ¿por qué terminar con este abundante manantial del que surgen tantas inspiraciones? ¿Por qué arruinarlo con placeres tan cortos?
La forma exterior de tu alma, que es tu rostro, ¿es razón para pensar por ti? ¿Autorizan el sondeao del pozo de tu mente? Si respondes que tu encanto no exige lisonjas, ¿entonces la belleza no necesita del arte? Si esta pusiera un freno a los artistas y dijese “¡basta!”, ¿Dónde paarían los deseos? ¿No hace el artista oídos sordos a todas las limitaciones? Para querer el enamorado no necesita permiso, y en eso consiste su desgracia.
El amor es un asesino que se vuelve contra su creador, incapaz de engendrar otra cosa que desprecio. ¿No hizo Dios con su amor otra cosa que plantar la semilla del odio en un corazón que no pidió ser nacido? ¿Acaso consulta a las almas antes de arrojarlas al fango de la tierra?
Aún cuando respondieres con odio, aún sabiéndo el rechazo seguro, la necedad volverá al punto, pues el corazón responde al amor igual que responde al desprecio, es un órgano inconsciente y bobo que mezcla el placer con el dolor, y no distinguiendo que se trata de entes distintos, a ambos trata como un mismo ser.
Así pues, consintiendo en que debo reducir la pasión bajo el yugo de la razón, y no anteponiendo mis ardores sobre ti o sobre el mundo, someteré mi corazón al veredicto de la condescendencia, y lo arrojaré luego a la pira donde arden los amores frustrados. Con estas dudas se termina el parto de estas letras, y como niño andrajoso en alguna plaza, quedan expuestas a la misericordia o la risa.
LA NOVELA MEXICANA
Miguel. HR
CAPÍTULO I
En su quinta cepillada de cabello iba, y no se convencía de cómo le quedaba su peinado. Relamía su cabello una y otra vez, hasta que su partido quedó perfectamente alineado. Se puso unos pantalones de mezclilla rotos y se abotonó una camisa naranja; ajustó las puntas del cuello de la camisa y se enfundó unas botas vaqueras de piel de cocodrilo.
Martín limpiaba el polvo de los relieves de sus botas mientras fumaba un cigarrillo rojo, hecho esto se perfumó y se paró frente al espejo para valorar sus arreglos. Se vio unos segundos, apacible, hasta que resopló y agitó sus muñecas, sonando las varias pulseras y esclavas que en ambas muñecas usa.
En la esquina del espejo una fotografía de una mujer de unos veinticuatro años, apenas dos años más joven que Martín, atrajo toda la atención sensorial del muchacho. Era un rostro ovalado, una bella cara de mujer, con cabellera castaña, labios en forma de corazón y de ojos medio cerrados, unos ojos del tipo «tristes».
Martín besó los dedos de su mano izquierda y los puso sobre la fotografía con encantadora ternura. Luego salió de su casa y subió a su auto. Encendió su estéreo y reproduciendo «How many more times» se puso en marcha.
Tarareaba la canción, golpeteaba al ritmo de los platos y las charolas de las percusiones con sus palmas sobre el contorno del volante, hay que decirlo, el muchacho es apuesto y opacaba el doble de la atención cuando los transeúntes volteaban a verlo por la música alta y el rugir del motor.
Entró al pueblo y se detuvo en la florería más cercana, y atento observaba los ramos hechos y las flores sueltas con las que él podía armar un ramo. Al florista le pidió un par de petunias, unos claveles, unas rosas y unos tallos con hojas de otras cosas.
«Muy buena elección señor, no pudo armarlo mejor, le encantará a la dama», le dijo el florista, a lo que Martín le respondió: «Esto es poca cosa, ella merece mucho más».
Pagó y se retiró con una gran sonrisa y dando gracias, llevándose de camino a su auto muchas miradas de señoras y chiquillas que le sonreían al verlo pasar…tan arreglado, tan perfumado, con tan bello detalle en las manos, «ahí va un caballero», la mayoría decían en sus mentes.
Puso el ramo en el asiento del copiloto, volvió a poner la música y arrancó, con ese mismo espíritu jovial.
Llegó a la casa de la muchacha, su nombre es Alicia y es su novia desde hace tres primaveras. Apagó el estéreo y se quedó en silencio unos segundos, viendo su reflejo en el vidrio del auto, se vio después en el espejo delantero y metiendo sus dedos entre sus cabellos se acomodó lo que por el viento del viaje se había despeinado.
Resopló, tomó el ramo de flores y se bajó del auto con alta seguridad, contento, respirando profundamente, y ya al pie de la puerta de Alicia volvió a revisar que estuviera bien acomodado el cuello de su camisa y tocó a la puerta.
Abrieron con timidez. Ya medio abierta la puerta se asomó a medio cuerpo Alicia, tenía su cara hinchada, amoratada, sus labios de corazón estaban reventados, su pómulo derecho hinchado, descarapelado, y sus ojos tristes inflamados y púrpuras.
Un día antes, Alicia había recibido una paliza por Martín. Alicia tímida lo vio y le preguntó: «¿Qué haces aquí?».
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